Vietnam (3). Hanoi

En episodios anteriores… Fuimos deportadas en autobús hasta Hoi An, nos integramos con la comunidad local, sobrevivimos al bicicleteo en Hue y vimos pagodas y templos y más pagodas y más templos

Para ir de Hue a Hanoi, nuestra última parada en Vietnam, decidimos tomar un tren nocturno – por aquello del paisaje y de la autenticidad del transporte terrestre. El tren, que venía desde Saigón, venía prácticamente lleno desde hacía 10 horas, lo que quería decir que olía a gato muerto con bastante intensidad y todo el mundo estaba tirado por los pasillos con mucha naturalidad.

Nuestra estrategia de supervivencia en tal circunstancia fue clara: instalarnos en la cafetería y emborracharnos.

Por suerte habíamos sido previsoras y habíamos comprado, en una juguetería del centro donde  vendían tabaco y alcohol (me encanta el tercer mundo) una cosa llamada “Vodka Hanoi”, que es una especie de colonia, gracias a la cual podríamos entumecer nuestros sentidos y viajar de manera mucho más placentera.

El principio del viaje lo aprovechamos para hacer fotos de mochileras intensas sacando la cabeza por la ventana frente a la luz del atardecer. Por ejemplo:

Pues es bonito
Pero qué aventurera soy, cualquiera diría que en realidad soy una abogada coñazo

El atardecer, el campo, la gente morenita que te mira desde los campos pensando y estas tías qué hacen, cuánta belleza.

Para redondear, en un momento dado, empezó a llover suavemente. Cual fue nustra sorpresa al descubrir que no estaba lloviendo en absoluto, sino que el agua procedía del desague de los baños del propio tren.

Y ya no volvimos a sacar la cabeza más nunca.

El responsable de la cafetería empezó a darse cuenta de nuestra estrategia y nos exigió que pidiésemos algo de comer, así que además de beber nos pusimos moradas de comer pollo con arroz y otras delicias de andar por casa vietnamitas. Con nuestro comportamiento la parroquia local pudo confirmar que todas las occidentales son unas ligeras y nos empezaron a ofrecer alcohol y cigarros y nos hicimos muy populares.

Cuando estuvimos lo suficiente cansadas y chispitas nos fuimos a nuestras respectivas literas a dormir y dormimos estupendamente, hasta el punto de que ni me enteré cuando llegamos a Hanoi y casi me quedo allí abandonada.

En Hanoi nos quedamos en un hotel que era la versión culminada del anterior en Hue. Además de todo lo ya descrito, aquí tenían una hora diaria de cerveza gratis y las paredes pintadas con citas intensas de Kerouac y Paulo Coelho y dibujos de pollas, tetas y culos.

Sólo llegar, me encapriché con ir a ver el cuerpo embalsamado de Ho Chi Minh, gran líder y padre de la república popular de Vietnam. No tenemos fotos porque no se pueden sacar, y en internet tampoco hay, pero se parece bastante a Lenin embalsamado.

Es interesante que Ho Chi Minh pidió a su muerte ser incinerado y sus cenizas dispersadas por Vietnam, pero no le hicieron ni puñetero caso – eso es lo que le pasa a la voluntad de cada uno en entornos comunistas.

Mi mausoleo lo quiero de este estilo, pero no hace falta que sea tan grande

La excursión clave desde Hanoi, y fundamentalérrima cuando uno está en Vietnam, es ir a la bahía de Halong en barco . Había varias opciones de excursión y nos disponíamos a contratar la más baratuqui hasta que leímos en la Loli que que hacía dos años un barco de los baratos se había hundido y muerto unos cuantos turistas. Así aprende uno uno de los lemas fundamentales del turismo mochilero: Barato sí, morirse no.

En la excursión de la bahía de Halong lo primero que hicieron fue llevarnos a ver  una cueva que se llama cueva del dragón, que estaba iluminada como una discoteca, y se llama así porque tiene en su interior una roca en forma de dragón – inciso, cómo de poderosa es la autosugestión que aquí las rocas tienen forma de dragón y en España las manchas de grasa tienen forma de Cristo.

La Cueva del Dragón
Bahía de Halong
Muchachada inconsciente disfrutando de su juventud (yo por supuesto no lo hice ni de coña)

Luego uno se queda en el barco haciendo muchas fotos, tomando el sol y bañándose. También pasamos la noche en el barco.

A eso de las 8 de la mañana nos despertamos (no sé porqué en estos viajes se madruga todo el rato, se supone que estás de vacaciones) y sacamos el siguiente fotón donde podréis apreciar toda la gracia del invento, porque la verdad verdaderosa es que la bahía de Halong es una maravilla:

Amanecer en la bahía de Halong. Y al final me acabé tragando un amanecer.

Luego nos tiramos al agua desde el barco y esta vez por fin no había un alma y pensamos que finalmente habíamos encontrado la paz no-turística y que podríamos integrarnos con la pureza del paisaje. Hasta que apareció una señora local remando en su barca/tienda de ultramarinos (que no llamaremos tienda de chinos para no caer en la imprecisión ni incorrección política) vociferando la mercancía.

Empezó ofreciéndonos coca-cola y fruta pero luego nos empezó a sacar cerveza y tabaco, lo cual demuestra una gran intuición con respecto al público objetivo. Amiga Elegante cayó en la cuenta de que no teníamos tabaco y podría ser la ocasión pero claro, no se nos ocurrió como íbamos a poder llevarnos aquello de vuelta al barco sin que se mojara. Debe de existir toda una ciencia para hacer la compra de esta manera que se nos escapa.

Cualquier momento es bueno para el consumismo

Después de esto nos llevaron de vuelta a Hanoi, donde pasamos la última y triste jornada antes de la terrible separación. Amiga Prudente y Amiga Elegante volaron para París y yo para Hong Kong, donde tres días después me reuniría con el nuevo personaje de esta historia, al que denominaremos aleatoriament Hermana Mayor.

Calles de Hanoi

continuará…

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